domingo, 10 de noviembre de 2013

« Aprender a volar »



Y un día más, se encerró en su habitación y comenzó a llorar desconsoladamente sobre su cama. Siempre era lo mismo, lloraba hasta que su corazón no podía más, hasta que ya no le quedaban lágrimas. La almohada y las sábanas acababan empapadas, así que abría las ventanas de par en par hasta esperar que el viento las secara. Luego salía de su habitación sigilosamente, sin hacer ruido, hasta llegar al cuarto de baño. Allí se lavaba la cara y se volvía a maquillar para intentar estar como antes, para que nadie se diera cuenta de que había llorado. Antes de salir de allí, se miraba al espejo sonriendo e intentaba parecer una chica feliz, aunque en su cabeza las voces le decían: “ Nada de lo que hagas valdrá la pena. Eres una mierda y siempre lo serás siendo.” Las lágrimas volvían a reaparecer en su rostro, pero hizo todo lo posible para evitarlo.
Salió a la calle, necesitaba despejarse, olvidarlo todo, desaparecer del mundo por un tiempo. No quería ver a nadie, no quería volver a llorar. Solo deseaba perderse, encontrar un lugar perfecto para ella, dónde pudiera encajar sin sentirse una molestia, dónde sonreír sin ser criticada, dónde poder ser feliz.
Se puso en marcha. No sabía a dónde ir, pero necesitaba alejarse de ese lugar. Quería olvidarlo todo aunque solo fuese por unos minutos.
Sin detenerse en su camino, llegó a un gran parque repleto de árboles y flores. Buscó un buen sitio para descansar, alejado de ruidos y dónde nadie pudiera molestarla. Decidió acomodarse en el césped junto a un viejo roble. Cerró los ojos y vació su mente de pensamientos. Solo escuchaba el viento sacudiendo las hojas de los árboles y a los pájaros cantar. Pero, de un momento a otro, su cabeza empezó a llenarse de recuerdos, causándole el mismo dolor del que ella intentaba escapar. Y de nuevo, comenzó a llorar. Ya estaba harta de todo. Sentía que no tenía a nadie en el mundo, que estaba completamente sola, que nadie la valoraba la suficiente, que todo lo que hacía estaba mal… Pero ella se esforzaba para intentar ser cada día mejor; ella se esforzaba para ser feliz. Cada vez lloraba más y más. El dolor la mataba por dentro.

- Llorar no sirve para nada.

Sin darse cuenta, un anciano se había sentado cerca de dónde estaba ella, mientras que le daba de comer a las palomas.

-Sea lo que sea que te halla causado ese dolor, no sirve de nada que llores.- Continuó hablando.-

Se secó las lágrimas lo más rápido que pudo y se incorporó de nuevo. El anciano continuaba hablándole, aunque él estaba de espaldas hacia ella.

-Todo en esta vida es temporal: la felicidad, el amor, el dinero, el dolor,… Por eso hay que disfrutar el momento. Hay que ser feliz con lo que se tiene, valorar cada pequeño detalle de la vida, porque eso es en realidad el secreto de la felicidad. Hay que ser feliz con cualquier cosa, y aunque cueste un poco, hay que aprender a controlar el dolor, porque al fin y al cabo, no sirve de nada. Ah claro, y sobre todo, hay que aprender a volar. Sí, eso es, volar.

El anciano se levantó rápidamente del banco y le gritaba a las palomas mientras estas alzaban el vuelo.

-¡Volar, volar! ¡Eso es! Sed libres y buscad vuestra felicidad. – Les gritaba a las palomas.

Luego, cuando les perdió la vista, se giró hacia ella y, sonriéndole, le dijo:

-¿Y tú? ¿Vas a aprender a volar, o quieres quedarte tal y como estás?